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Muchos
problemas en las relaciones de padres e hijos ocurren
porque no somos del todo concientes de esta dimensión
psicológica. Atendemos las necesidades físicas y materiales
de nuestros hijos, los alimentamos, les damos abrigo y
los orientamos moral y espiritualmente de acuerdo a nuestras
tradiciones y creencias particulares, pero no visualizamos
con tanta facilidad el mundo psicológico, éste donde se
mezclan y combinan las funciones cerebrales y las emociones,
la comunicación y la percepción, los sentimientos y la
adaptación social. Yo suelo utilizar la imagen de una
pirámide para explicar cuáles son los cinco componentes
básicos que constituyen la estructura de la personalidad.
Ellos son: una base o piso de la pirámide que simboliza
el aporte genético del padre y de la madre, por partes
iguales, la familia o "placenta social", la educación
o aprendizaje, formal e informal, el medio ambiente o
contexto ambiental-social, y una dimensión axiológica,
de valores o dimensión espiritual.
Una
vez generada esta estructura o esqueleto de la personalidad,
pasa por tres etapas fundamentales: crecimiento, maduración
y consolidación. Si tenemos en cuenta estos componentes
y fases de la personalidad, la relación de padres e hijos
podrá desarrollarse más exitosamente, con menos conflictos
y con más satisfacción interna para ambos. Para algunos
especialistas, esta estructura de la personalidad termina
de consolidarse alrededor de los 6 años de edad; para
otros, hacia el final de la adolescencia (entre los 20
y 22 años) y hay quienes opinan que este sistema psíquico
no termina de desarrollarse plenamente hasta bien entrada
la vida adulta. De todos modos, prácticamente todos los
especialistas coinciden en que los primeros cinco años
d vida son cruciales para el desarrollo de la personalidad
y, por ende, los que requieren la intervención más intensa
de los padres.
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