Es común, por ejemplo, que el hijo o hija mayor sientan que a ellos les toca la tarea más difícil de "abrir el camino" de las relaciones de padres e hijos y que sus obligaciones han sido más intensas que las de los hermanos que le siguen, y su disciplinamiento más estricto que ese segundo o tercer hermano "que puede hacer lo que quiera sin que le digan nada". Por su parte, ese segundo o tercer hermano suele tener la impresión que al hermano mayor se le otorgan más beneficios que a ellos, que lo toman más en cuenta en las decisiones familiares y que a veces abusa del poder que le da el estar más alto en la jerarquía familiar. En realidad, estas y otras impresiones de los hermanos entre ellos y en relación a sus padres, son mayormente subjetivas y cargadas de distorsiones afectivas, producto de una suerte de lucha por mantener o ganar posiciones en la escala familiar y, fundamentalmente, en el reparto del cariño de sus padres. En condiciones normales (¿ideales?) los padres, que son personas adultas, maduras y comprensivas (o debieran serlo) saben que los seres humanos, entre otras virtudes, tenemos una capacidad inagotable de amor y que, por ende, no es necesario "medir" ni "repartir" nuestro amor en "dosis", ya que el amor de los padres por sus hijos es inagotable, inmensurable y permanente. Podemos amar a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros padres y amigos, a nuestras mascotas y a todos los seres que querramos y podamos, sin temer que el amor hacia uno va a reducir la disponibilidad ni la calidad de amor hacia el otro. En una dinámica familiar sana, los padres saben manifestar su amor por los hijos sabiamente:

 

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