En mi tarea clínica cotidiana, observo en muchos hogares los esfuerzos y estrategias que aplican los padres para mantener a sus hijos adolescentes dentro de un cierto "camino" o rumbo en la vida, con un adecuado sentido de responsabilidad personal y su participación en actividades saludables, socialmente útiles y psicológicamente gratificantes (estudiar, trabajar, practicar deportes, socializar con amigos, desarrollar actividades artísticas, explorar sentimientos amorosos, plantear desafíos y metas para el futuro, etc.). Desafortunadamente, en muchos casos estas estrategias que los adultos emplean para "guiar" razonablemente a sus hijos hacia un buen destino y fortalecer en ellos valores y un estilo de vida adaptado, por alguna razón u otra fracasan desastrosamente: Adolescentes que cometen o participan en la comisión de delitos tales como robos y hurtos a familiares, amigos o comercios pequeños; jóvenes encarcelados por tenencia y/o venta de drogas; intentos de suicidio; embarazos de menores solteras; abandono de la escolaridad; violación de normas o reglas públicas; daños a la propiedad ajena, lesiones a terceros, intrusión en hogares ajenos o propiedades privadas con fines de hurto o destrucción, etcétera, etcétera. ¿Cómo es posible que sucedan estos hechos tan dolorosos en hogares aparentemente bien constituidos, en los que la dinámica de relación es adecuada, o al menos aceptable, y en familias donde no hay antecedentes delictivos o problemas de violencia doméstica, alcoholismo o drogadicción? Aunque es cierto que en muchísimos casos los delitos e infracciones adolescentes se producen en medio de una dinámica familiar negativa (separaciones, abandonos, problemas matrimoniales crónicos, etc.) en otros la familia de estos jóvenes queda tan sorprendida como dolorida por estos hechos que "nunca hubieran imaginado".

 

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