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A
veces un adolescente, por no perder la simpatía de su
grupo de amigos, o por demostrar que él también es capaz
de ignorar los aburridos consejos de sus padres, o por
verguenza a revelar su temor delante de terceros, comete
acciones de alto riesgo o acepta consumir drogas o alcohol
en exceso, abriendo así la puerta a un sinnúmero de problemas
y situaciones (desde legales hasta psiquiátricas). Yo
mismo he escuchado en sesiones de psicoterapia con algunos
de mis pacientes adolescentes acerca de estos miedos y
enormes presiones, por ejemplo, en situaciones donde el
joven es el infortunado pasajero de un carro que su amigo
está manejando a demasiada velocidad, imprudentemente,
o peor aún, bajo el efecto de sustancias. "Yo estaba
rezando en silencio" -comentó este joven, "pero
cómo podía decirle a … que no fuese tan rápido? Yo no
quería pasar por maricón…" Su siguiente recuerdo es
en el hospital, donde permaneció más de dos semanas con
lesiones internas y fracturas múltiples, luego de perder
el conocimiento en el momento del impacto.
Este
y otros accidentes ocurren "lógicamente", porque
tanto en Matemática como en materia de prevención, "uno
más uno siempre es dos". Si una persona combina el
manejar con el consumo de drogas o de alcohol, o la promiscuidad
sexual con la falta de profilaxis, o un ánimo depresivo
con el uso de sustancias psicodélicas, o cualquier combinación
de estos mismos riesgos (sexo con drogas, sexo con alcohol,
drogas con alcohol, manejar con drogas o con exceso de
alcohol en sangre, etc.) todas estas mezclas fatales siguen
validando la fórmula anterior: 1+1=2. El "dos",
obviamente, es el deterioro súbito de nuestra salud, la
pérdida de la vida o la aparición de lesiones graves o
permanentes por las que tendremos que padecer el resto
de la vida.
Si
como padres podemos reforzar estos conceptos, especialmente
con nuestros hijos adolescentes, les facilitaremos que
tomen decisiones correctas en momentos críticos y así
eviten los "campos minados" que pueden hacer trizas su
futuro. Y el nuestro.
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